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CURIOSAS ATRIBUCIONES DE ALGUNOS GENIOS
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El siguiente artículo está escrito por Juan Manuel Cisneros García, colega y amigo del mundo de la
música. Es profesor de la especialidad de Fundamentos de Composición en el Conservatorio Profesional
“Angel Barrios” de Granada, y licenciado en Filosofía por la Universidad de Málaga.
Espero que coopere con Aqueloo en próximas entregas. Desde aquí mi agradecimiento.
C. Rodríguez Acosta |
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En el transcurso de una animada conversación, un apreciado amigo y colega del mundo de la música aseguró haber soñado
una vez que era, él mismo, la Sinfonía “Inacabada” de Schubert. Hay personas que sueñan con ser determinados personajes
que admiran, o que incluso llegan a creerse alguien muy distinto de quien son, pero es mucho menos habitual la
identificación con entes tan sumamente heterogéneos a uno mismo como puedan ser una sinfonía, una catedral o una montaña.
Nos suena muy extraño que alguien diga algo como “quiero ser el río Ebro”, por la extrema dificultad de encontrar
analogías entre una parte y la otra. Pero esta curiosa revelación me trajo a la memoria algunas frases de este estilo
pronunciadas por célebres personajes de nuestra Historia, y más en particular por grandes músicos y pensadores que, por
la índole de sus quehaceres, conviven con ideas y entes abstractos con mayor frecuencia, a veces, que con sus propios
congéneres. De ahí que se puedan dar estas afinidades tan curiosas.
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Comencemos con una aseveración atribuida al filósofo alemán Georg Frederich Hegel (1770-1831): “Yo soy la Filosofía” (confieso
que es una de mis preferidas). Sobra decir que a comienzos del siglo XIX existía ya un corpus suficientemente gigantesco de
tratados y opúsculos como para que esta atribución sonara desmedida, incluso aunque sólo tomáramos la tradición más afín a
su propio pensamiento. Aún así, nótese que al decir “Yo soy la Filosofía” se abarca todo lo pensado al margen de sus
concreciones por escrito, con lo cual “aquéllo” de lo que Aristóteles destiló su saber sería ya entonces considerablemente
más vasto que la totalidad de sus tratados.
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Pues así y todo, la afirmación de Hegel no es fruto de un momento de exaltación incontenida, sino que es resultado de un razonamiento
realmente frío y desapasionado, absolutamente obediente a la lógica. Aún a riesgo de simplificar ofensivamente su pensamiento,
recordemos que se basa en la idea de que la Historia Universal es el proceso mediante al cual el Espíritu, partiendo de un estado
inicial de auto-enajenación, se va reconociendo a sí mismo en sus distintas objetivaciones, de modo que cada momento del
proceso es más perfecto que el anterior –envolviendo a todos los momentos pasados- y más cercano al re-conocimiento final.
Dado que Hegel se había dado cuenta de eso, es razonable pensar que en aquellos años el Espíritu debía estar ya en las últimas,
pues éste lo tenía tan claro que ya había revelado explícitamente su plan en la filosofía alemana más perfecta de su tiempo, sin
esconderse en el arte o en la religión de los pueblos mediterráneos como había hecho antes. Así que el Idealismo hegeliano es la
forma más acabada de filosofía, que engloba a todas las formas anteriores, formas cuyo estatus es similar a los balbuceos por los
que un niño comienza a hablar; ensayos más o menos afortunados de un Pensamiento que ya por fin ha sido expresado. De algún modo,
las ideas más opuestas a las suyas también forman parte de su filosofía, pues han tenido el valor de ir evidenciando las malas hierbas
que debían ser arrancadas y clarificar así el camino del Espíritu.
Y, en definitiva, ¿quién ha dicho todo esto? Pues Hegel. Por tanto, él es la Filosofía toda entera. Mejor sería decir que la
Filosofía se ha encarnado en él, y así no podría ser acusado de falta de humildad.
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En comparación con otros, Hegel fue prudente y mesurado, porque dentro de su sistema podría haberse reservado una categoría aún más alta:
si la Filosofía era ya el saber absoluto, y por medio de ella el Espíritu se hace por fin consigo mismo, es casi como decir que lo
ha constituido, y que se identifica con él. Pero habrá que ser músico, y además ruso, para ser lo suficientemente exaltado y dar el salto.
Alexander Scriabin (1871-1914) fue un genial compositor y pianista ruso, a veces enigmático, a veces profético, pero de incontestable
valor. Declaró, bien avanzada su vida, que no leía prácticamente nada, y que todo lo que sabía además de música lo había aprendido en
diversas conversaciones. Terreno abonado para la ausencia de prejucios. Poseía esa curiosa fusión de misticismo y sensualidad que ha
adornado a algunos creadores –Juan Ramón Jiménez, Olivier Messiaen, etc.- revelándose en obsesión al final de su vida.
Pues nos dejó escrita la siguiente afirmación: “Yo soy dios” (la minúscula es intencionada y reproduce la cita del texto de Fabion
Bowers, Scriabin: a Biography, Dover Publications, 1996). Más no se puede decir. Aunque en otros momentos debía bajar la
consideración que tenía de sí, porque repetía abundantemente “Yo no soy nada”. Lógicamente, todo es congruente en un pensamiento
de fondo panteísta como era el suyo, tan apegado a la Teosofía y al pensamiento oriental. No es que él solo se creyera el Dios,
pongamos por caso, del Antiguo Testamento, sino que en un mundo donde la apariencia es manifestación de una esencia divina, a
cada uno le toca una parte, y él no va a ser menos. Por ello, no debemos interpretarlo tampoco como el fruto de un extravío mental,
sino como un posible corolario dentro de un universo espiritual específico.
Por otro lado, el “yo no soy nada” puede tener múltiples acepciones: en tanto que ser material, soy una pura “nada” porque lo
verdaderamente real y consistente es lo espiritual. Pero también puedo ser “nada” en tanto que ser espiritual, en el sentido de
algo completamente distinto a las cosas que nos rodean en nuestra existencia empírica. El espíritu está hecho de tal pasta que
no es comparable a nada de lo que habitualmente tenemos entre manos. Pero dejemos de momento estas disquisiciones.
Scriabin llegó a apasionarse por el misticismo de tal manera que ideó un gigantesco ritual que tendría lugar en el Tibet y
cuya finalidad sería nada menos que la transfiguración espiritual de la Humanidad. Para ese magno evento comenzó a escribir
una obra de colosales proporciones, con cantantes solistas, coro, piano y gran orquesta, que se completaría con proyecciones
luminosas de distintos colores, liberación de esencias, etc. buscando una experiencia multisensorial que arrastrararía a una
especie de éxtasis colectivo. Esta obra, cuyo título era Preparación para el Misterio Final, o también conocida simplemente
como Misterio, quedó inconclusa por la muerte repentina de su autor –inconclusa en un sentido fuerte, esto es, apenas esbozada-
y fue completada bastantes años más tarde por el compositor ruso Alexander Nemtin, que consagró prácticamente su vida como
músico a tal empresa. La obra pudo ser interpretada en su totalidad y grabada hace algunos años.
Esta pequeña digresión nos puede ayudar a imaginar el estado mental de Scriabin en sus últimos años de vida; se podría decir
de él lo que contaba la esposa de William Blake del célebre poeta, que se pasaba a lo largo del día más horas en el otro mundo
que en este. La sensibilidad de Scriabin se hizo tan extremada que en aquellos días no le gustaba ni oía otra música que no fuera
la suya. Pero al margen de ciertas excentricidades, sus magníficas obras quedan como testigos de un talento fuera de lo común,
donde la lógica musical se nos impone con especial elocuencia.
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Descendamos de afirmaciones tan altisonantes para ocuparnos ahora de una frase que puede parecer casi extraída de una
charla de café, si la comparamos con lo anterior. Más que megalómana, es curiosa por su modo de expresión. Esconde
también un punto de vista, podríamos decir, escorzado de la realidad, y es igualmente excesiva en el contexto en el
que se produce. Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) escribió una vez que tenía el proyecto de “describir el estado habitual
de mi alma en la posición más extraña en que mortal alguno podrá encontrarse nunca”. Ciertamente Rosseau se sentía por
aquel entonces (1777) extraño y desgraciado: era objeto de calumnias, persecuciones y sus obras eran prohibidas. Había
roto con los que fueron sus colegas ilustrados, entre ellos Diderot. Se había refugiado en Inglaterra de la mano del
filósofo Hume, y también se produzco la ruptura con este último en pocos meses. Se sentía también atacado por los
médicos. Todo ello generó en su mente la idea de una conspiración orquestada contra él desde varios flancos.
Pero resulta curioso describir su infortunio como una “extraña posición de alma”. Nos imaginamos una suerte de torsión
espiritual, o de acrobacia mental. O algo así como ir a parar a otro planeta absolutamente desconocido por causa de una
fuerza ajena a su voluntad. En definitiva, la forma de expresión tiene un aire más de curiosidad científica que de
lamento, lo que no debe extrañarnos en un hombre que por entonces era gran aficionado a la botánica y se paseaba por
los montes haciendo anotaciones en su cuaderno de campo. Pero lo que nos resulta excesivo es, sin duda, “en que mortal
alguno podrá encontrarse nunca”, pues todavía se podría indagar, a la luz de los historiadores antiguos, si a alguien
le había pasado antes algo similar. Y los hombres insruídos del XVIII leían a Heródoto, Tácito, Plutarco, etc. donde
se contaban muchas cosas curiosas y desgracias que les habían sucedido a grandes hombres. Pero llegar a decir que no
sólo es una “posición” espiritual insólita hasta la fecha (que ya es atreverse a mucho), sino proyectarlo a un futuro
indeterminado, nos sorprende. Y de Rosseau esperamos que sea mesurado por partida triple: como filósofo, como ilustrado
del XVIII, y como francés. También los seres apolíneos tienen derecho a la efusión personal y al arrebato romántico.
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Para nuestro último análisis regresamos a los músicos, un gremio muy fecundo en declaraciones “resonantes”. Heitor
Villa-Lobos (1887-1959) está considerado la figura más importante de la música “clásica” brasileña, y uno de los principales
compositores de su generación. Trabajó a fondo con el folklore de su país, como lo hiceran Bartok o Falla con los suyos,
hasta el punto de que se difundiera la información de que Villa-Lobos se retiró un tiempo por las regiones perdidas de la
Amazonia conviviendo con los indígenas y aprendiendo de ellos. Sin embargo, algunos críticos puristas le reprocharon que
su música nada tenía que ver con el verdadero folklore, a lo que él respondió “es que yo soy el folklore”.
Lo interesante del caso es la atribución a uno mismo de algo cuya esencia es la creación anónima y colectiva; es una frase
del tipo de la de Hegel que analizamos más arriba. Lógicamente Villa-Lobos aludía aquí a eso que llaman folklore imaginario,
a aquella música que no utiliza ningún material popular específico pero que está impregnada de él en su esencia, integrada
en un lenguaje personal coherente que puede tener otras influencias. En esa medida, él “es el folklore”, porque ha
interiorizado los elementos tradicionales que le interesan y la música brota de él como de una comunidad, podríamos decir.
Ante tal respuesta el crítico de turno no tendría más preguntas que formular. ¡Lo único que se le podría reprochar a
Villa-Lobos sería que falseara su propio folklore interior!
No obstante, uno de los primeros músicos de la historia del jazz no se refería al “jazz imaginario” cuando dijo “yo inventé el
jazz en Nueva Orleans en 1902” (Jelly Roll Morton, 1890-1941). Debió de precisar un poco más y la fanfarronada habría sido
soberbia; algo así como “una noche de julio mientras tocaba con mis muchachos”, muy en el estilo americano de aquellos tiempos
y con el orgullo de criollo que le sobraba a Morton, a quien por supuesto no se le va a negar también un enorme talento. Como
era de esperar, numerosos estudiosos del jazz han “matizado” esa declaración, pues una música que evoluciona especialmente a
través de la improvisación es, en una medida muy grande, el resultado de una colectividad anónima de músicos con diferentes
hábitos de formación, no algo que pueda sintetizar uno solo en casa como si preparara una receta.
Frecuentemente se asocia una gran humildad a un gran talento; se dice que los mediocres son más proclives al autoelogio,
porque su escaso recorrido les hace ser ciegos a lo que les queda por caminar. Pero no siempre es así. La mayoría de los
hombres considerados “genios” eran bastante conscientes de la superioridad de su talento frente a los demás. Mozart declaró,
y en más de una ocasión, que su música “sólo podía haber sido escrita por un talento superior”. La biografía de Prokofiev
es también muy elocuente en este aspecto, y las ironías que gastaba con sus colegas rusos ya en la época soviética eran
para muchos irritantes.
Sean sus artífices músicos o filósofos, estas afirmaciones no desmerecen la altura de sus logros, sino que son muestras
entrañables y simpáticas del ser humano que cada uno de ellos era, como decíamos al principio. A veces apreciamos más a
un gran hombre en ciertas afirmaciones parciales y heterodoxas, que en declaraciones abstractas y deshumanizadas que
parecen diseñadas para quedar embalsamadas en una especie de formol histórico.
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Juan Manuel Cisneros García
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